lunes, 1 de octubre de 2012

Artículos de Don Arturo | A Chiquito de la Calzada


Me ha llamado la atención el artículo que Pérez-Reverte le dedicaba a Chiquito de la Calzada allá por el año 1994, cuando el, para mí, mejor humorista español de todos los tiempos empezaba a hacerse famoso. Y es que Chiquito de la Calzada está a la altura de los grandes maestros del humor como Gila, Eugenio, Arévalo, Faemino y Cansado o Tricicle. Puede que muchos se queden en el fistro o en el pecador, pero el humor de Don Gregorio (Chiquito de la Calzada), va mucho más lejos. 

Capaz de crear un lenguaje propio que ha influido a todos los españoles de alguna u otra manera en su forma de hablar, Chiquito de la Calzada se ha convertido en un humorista que retrata situaciones sociales con una ironía y un poso amargo que muy pocos han conseguido, haciendo que lo que importe es cómo contar un buen chiste, independientemente de si éste es bueno o malo. 

En el siguiente artículo, Don Arturo nos ofrece un retrato de aspectos poco conocidos del cantaor y humorista Gregorio Esteban Fernández o Chiquito de la Calzada, aportando interesantes datos acerca de su vida y de su humor. Afortunadamente, 18 años después de la publicación de este artículo, Chiquito sigue haciendo lo que mejor sabe, contar chistes. Y que así siga por mucho tiempo. 

A Chiquito de la Calzada

Chiquito de la Calzada
Se da usted cuen, don Gregorio? Toda la vida persiguiendo los garbanzos de uno en uno, rodando por tablaos de mala muerte hecho un fístro y con más agujeros en el diodeno que la ventana de un chérif. Sesenta años que se le retratan a usted en la cara, doce lustros andaluces y flamencos palma va y palma viene, con el gaznate hecho polvo por los trasnoches y el Machaquito, buscándose la vida a cuatro duros. Y ahora resulta que basta un rato en la tele para que la gente le pida autógrafos, y le den palmaditas en la espalda, y Pepita, que es una santa por haberle aguantado a usted, pecador de la pradera, treinta y seis tacos de almanaque haciendo juegos malabares con la cartilla de ahorros, ya no tiene que andar preocupándose de qué echarle al puchero.

Cuánto me alegro, maestro. Sobre todo porque, como dice la copla, al arriba firmante lo que más le alegra es comer jamón serrano de pata negra y oír a un flamenco contar un chiste. Contarlo además como Dios manda, o sea, dándole a uno igual el chiste que sea, y atento a la manera, que es donde está el duende, por la gloria de mi madre; como una vez que oí a Paco Gandía, que es un monstruo, comprándole un periódico a Curro el de la Campana en la esquina de Sierpes, en Sevilla, y tuve que sentarme en la confitería para no caerme al suelo de risa. Mi mujer, que es rubia y de Huesca, dice que no le ve a usted la gracia. Pero ya sabe usted, don Gregorio, que en España los chistes según y cómo. De Despeñaperros arriba, la historia necesita gracia. De Despeña-perros abajo, el chiste nos da igual. La guasa está en quién y en cómo lo cuenta' Y cuanto más largo, mehó.

Pero me desvío del tema. Lo que quería decirle es que el otro día, mientras me contaba usted el del mono que le endiña el diodeno vaginal al león, o sea, yo le miré los ojos y me encontré de pronto allá, al fondo, toda la tristeza lúcida y resabiada de quien ha hecho muchas palmas y ha cantado muchas coplas mientras la vida le daba, por lo bajini, más cornás que un Vitorino loco. De pronto -y disculpe, maestro, si me meto en lo que no me importa- me pareció verle en las arrugas del careto, en las patillas y el pelo en caracolillo tras la oreja, en esos ojos tranquilos y zumbones, mucha cátedra de la vida y de la puñetera condición humana. De esa que tienen los viejos flamencos; la que nadie, le cuenta a uno sino que se aprende palmo a palmo, noche a noche mirando la vida desde el tablao, entre guitarristas y bailaoras de faralaes llenos de zurcidos, alegrándole la noche de sangría barata a rebaños de guiris que ni entienden lo que se les canta ni se les baila, ni maldito lo que les importa, o a señoritos de fino La Ina y pameses, bautizo en el cortijo, boda, despedida de soltero, cuéntanos otro, Chiquito. Esa mariquita que va por la calle. Ja, ja. Etcétera.

Por eso me alegro tanto de lo suyo, don Gregorio. Aparte de haber enriquecido con un par de nuevas palabras el lenguaje de los españoles -más de lo que han hecho en su vida muchos ilustres escritores y académicos-, es bueno que de vez en cuando aquí triunfe alguien que merezca la pena, no por lo que cuenta, sino por lo que es y lleva a cuestas en su vieja y abollada maleta. En este país donde el éxito suele ir ligado a niñatos canta-mañanas que nacen de pie, a demagogos de lágrima fácil o a tiburones de moqueta, compadre y pelotazo, usted, merced al único golpe de suerte de su vida, se lo acaba de montar a puro huevo, y eso tiene mucho mérito y nunca estará del todo pagao. Porque la gente no sabe que un flamenco contando un chiste es lo más trágico del mundo, y de ese desgarro es, precisamente, de donde sale la gracia. A ver si no, de qué. A ver cómo sobrevive uno en esta casa de putas si se lo toma, encima, por la tremenda.

En cuanto a lo que el diodeno dé de sí, bueno estará y usted lo sabe. Hay gente que sale en la tele y cree, ¿verdad?, que lo de firmar autógrafos y lo de muy bueno lo tuyo es algo que dura toda la vida. Parece mentira, pero en este país donde a uno lo aplauden y al día siguiente lo apuñalan con idéntico entusiasmo, menudean fistros con menos futuro que un espía sordo, de esos que creen que el triunfo llega y no se va nunca. Pero a usted, don Gregorio, no hay más que mirarle la cara. Usted tiene más mili que el cabo Tres Forcas, y nadie tiene que contarle de qué está hecho el éxito. Sobre todo el éxito de la tele, que suele actuar como un macró con las lumis: las pone al punto en las mejores esquinas y luego, cuando están quemadas y hechas polvo, las cede a los compadres de los puticlubs, a precio de saldo.

Así que Dios lo bendiga, maestro. Y que le dure.

20 de noviembre de 1994

Artículos de Arturo Pérez-Reverte | A Chiquito de la Calzada

domingo, 30 de septiembre de 2012

Tío Pencho | Semana 24-30 de septiembre

Las viñetas de esta semana:


Lunes 24 de septiembre

Martes 25 de septiembre 


Miércoles 26 de septiembre



Jueves 27 de septiembre



Viernes 28 de septiembre



Sábado 29 de septiembre



Domingo 30 de septiembre



El próximo domingo la nueva entrega.

Imágenes: Humor Gráfico | El Tío Pencho

domingo, 23 de septiembre de 2012

Tío Pencho | Semana 17-23 de septiembre


Las viñetas de esta semana:


Lunes 17 de septiembre



Martes 18 de septiembre


Miércoles 19 de septiembre


Jueves 20 de septiembre


Viernes 21 de septiembre


Sábado 22 de septiembre


Domingo 23 de septiembre

El próximo domingo la nueva entrega.

Imágenes: Humor Gráfico | El Tío Pencho

sábado, 22 de septiembre de 2012

Artículos de Don Arturo | Elegantes Criminales


Esta semana les toca el turno a los delincuentes elegantes de antaño. A diferencia de los de ahora, se regían por un código de honor y la habilidad en el desempeño de su labor delictiva era digna de estudio. Desafortunadamente, las cosas han cambiado y, como dice Don Arturo: "...cualquier imbécil puede aspirar a canalla". El artículo de abajo ilustra muy bien a lo que me refiero. 

Hasta la próxima semana.

Elegantes Criminales

En otro tiempo fueron tipos interesantes, envidiados. Incluso imitados a menudo en modales y aplomo. Sus aventuras por entregas multiplicaban las tiradas, enriquecían a los editores, fascinaban al público ávido de mociones. Eran criminales con cierta elegancia. Había estilo, incluso grandeza en su forma de infringir la ley.

Ahora ya no son lo que fueron, ni mucho menos; pero aún es posible tropezar con ellos, a veces. Están ahí, silenciosos y como dormidos, en estantes a menudo cubiertos de polvo, o en los tenderetes de las ferias del libro viejo, en montones de hojas sueltas, con bordes manoseados y las ilustraciones de portada desvaídas por el sol, el roce de las manos o el tiempo. Algunos, muy pocos, más afortunados, gozan de tapas en condiciones: tela o papel De vez en cuando un privilegiado, a modo de joya especial, aparece impecable con su encuadernación de lujo. El caso es que las ediciones son muy antiguas, con cincuenta años o más, y sólo de vez en cuando – un saldo, una tirada pequeña e inadvertida – aparece uno de esos títulos casi con timidez, revuelto en la variopinta resaca que el tiempo y la vida arrojan periódicamente a las playas de las librerías de viejo: La aguja hueca, Hazañas de Rocambole, Juve contra Fantomas, Los tres crímenes de Arsenio Lupin... Intrépidos, desaprensivos y entrañables ladrones de guante blanco.

Hace unas semanas, husmeando con trazas de cazador – dedos manchados de polvo, paciencia y buena o mala suerte – entre las casetas de libros viejos de la cuesta de Moyano, en Madrid, encontré uno de ellos: Raffles, de E. W. Homung, campeando sobre ilustración de cubierta a color: un individuo apuesto, de esmoquin, blanca pechera y guantes inmaculados, con una máscara sobre el rostro, que desvalija sin perder la compostura los cajones llenos de joyas de un saloncito elegante.

Hay goces especiales, en literatura. Sobre todo en cierta clase de literatura de la antes llamada popular, cuando vamos a ella con la maliciosa disposición del público que una vez fue ingenuo pero que ya no lo es. En ese caso, cada lugar común, cada repetición del estereotipo, cada vuelta de tuerca o retorno de lo conocido, del golpe de efecto clásico o del recurso a determinados elementos antaño eficaces, supone un golpe de placer mayor aún que la originalidad, que el desviarse de patrones cuya solvencia quedó probada por el aplauso de las masas. Uno acecha con temblor de adicto el momento en que Holmes, envuelto en una nube de humo, toque el violín para aclararse las ideas, o espera anhelante que Edmundo Dantés se lleve una mano a la frente perlada de sudor y exclame ¡Fatalidad!, mientras la tormenta pone siniestro contrapunto a su venganza. En cuanto a Raffles, Rocambole, Lupin y los otros, se espera de ellos exactamente lo que en su tiempo los hizo ser amados y seguidos por miles de lectores y, más tarde, denostados por críticos partidarios de educar al público en la bella prosa de alto nivel, aunque este público se aburra muchísimo. Aquel otro lector al que podríamos llamar no ingenuo, malintencionado, incluso perverso, espera de ellos – decíamos – que se conduzcan exactamente como fueron concebidos. Que digan y hagan aquello que los elevó a la categoría de mitos, de sueños.

Vamos a echarles un vistazo, sin que nos ciegue la pasión ni el prejuicio. Arsenio Lupin es inteligente y astuto, con un fondo de ternura que es preciso estar muy atento para descubrir. Rocambole resulta implacable, con un peculiar sentido del crimen y de la justicia. Fantomas, un asesino sanguinario; pero el carácter despiadado de sus crímenes y las personalidades que es capaz de adoptar le confieren una siniestra grandeza, Raffles, el más elegante, es sentimental y todo un caballero. Con un detalle adicional: en casi todos los casos, las víctimas son gente adinerada, poderosa, elementos clave de la llamada buena sociedad. Personajes que ya han disfrutado bastante de esta vida, y a quienes no viene mal ni la puñalada que los envía al otro barrio ni, en el mejor de los casos, verse parcialmente aliviados del excesivo peso de su fortuna. Que bajo ningún concepto – ahí está el detalle de la cuestión –, les resulta arrebatada con métodos vulgares, sino con crímenes, artimañas y recursos de una originalidad absoluta. Por no mencionar la finura con que a menudo se solventa el asunto, el toque distinguido de una tarjeta de visita o una sota de copas en el lugar del crimen. 0 ese monóculo bajo la ceja enarcada e imperturbable; esa mano enguantada, que se desliza sin ruido en el cajón del secreter o, cuando es preciso, igual besa unos dedos enjoyados que esgrime un puñal o una pistola con la habilidad de un matón barriobajero. Aunque, eso sí, templado siempre el gesto por actitudes y frases convenientes, dignas del mejor gusto y de la más fina crianza. Por no hablar de las debilidades, los rasgos románticos, los botines abandonados o las víctimas indultadas por el influjo benéfico de una sonrisa de mujer, de unos ojos inocentes, de un beso o unas palabras moduladas entre el brillo de los diamantes y el sonido de botellas de champaña, en fiestas mundanas y elegantes saraos. Ya no hay canallas así. Tal vez nunca los hubo, es cierto. Pero, al menos, existieron los hombres y las mujeres capaces de inventarlos.

Releí mi Raffles tomándome todo el tiempo del mundo, despacio, con una copa de buen coñac sorbo a sorbo, en un viejo café de los que aún sobreviven en Madrid. Pasaba páginas, y de vez en cuando, al llegar a algún momento cumbre, del tipo «Era el amor y no la ambición, el recuerdo tierno de la muchacha lo que hizo temblar su mano cuando rozaba ya las perlas del collar», me detenía y alzaba los ojos a través de la ventana del café, sonriendo feliz.

Después salí a la calle. Era momento de retornar al presente, a este mundo de gentes sensatas, prácticas y razonables,donde el tiempo es oro y la literatura debe ser selecta como una joya fría y muerta, o ligera y estúpida como un pañuelo de celulosa. Compré unos periódicos y los hojeé despacio, y mientras lo hacía descubrí en aquellas páginas fotos, nombres, referencias de otros ladrones, de otros criminales. Muy actuales todos ellos, claro. En una versión más prosaica que la de sus ilustres predecesores novelescos. Sin esmoquin, monóculo, ni guante blanco. Pero, sobre todo, desprovistos de sus actitudes. De cierto factor singular y distante, original en la maldad o en el delito.

Raffles, Rocambole, Lupin, Fantomas y los otros. Entes de ficción que fueron más reales, para muchos lectores, que buena parte de los seres vivos que los rodeaban. Admirados precisamente por ser como eran; por su carácter romántico, inaccesible. Tipos ideales, la elegancia de sus actitudes, su carácter y su grandeza, los situaban por encima de la moral convencional en sus incursiones delictivas. Por eso, legiones de lectores ávidos creyeron en ellos, se emocionaron con sus aventuras, amaron con sus amores y odiaron con sus pasiones más oscuras. Eran lejanos, misteriosos, con el aura de lo enigmático y lo extraordinario. Hoy, nosotros, el público desengañado y lleno de resabios, nos identificamos más fácilmente con ratas de callejón y asfalto, con turbios antihéroes que encarnan la desesperanza. Para los niños no hay princesas; ni para los adultos, en lo tocante a ladrones, existen caballeros de guante blanco. Ni siquiera existen caballeros. Antes se daba una selección natural; el dinero lo tenían los que estaban arriba, la aristocracia o la burguesía enriquecida, y para infiltrarse hasta sus cajas de caudales era necesario cierto estilo.

Quizá por todo eso, Rocambole, Raffles, Fantomas, Lupin, están muertos y enterrados. Las calles, alumbradas por luz eléctrica en vez de por farolas de gas, no conservan el eco de sus pasos. A través de la puerta entreabierta ya no llega la música lejana del salón abandonado. La rosa se marchita en la copa vacía de champaña, junto al collar de perlas que ninguna mano enfundada en guante blanco pretende ya robar, entre otras cosas porque las perlas son sintéticas. También los sucesores en la escuela del moderno latrocinio son muy distintos: pueden despertar a menudo envidia o desprecio; nunca admiración. Están demasiado próximos a nosotros, y más que a impulsos criminales, sus expolios obedecen a fáciles tentaciones. No es preciso ser valeroso, elegante y educado, ni ponerse un esmoquin y una máscara para desvalijar la caja fuerte. Puede ganarse mucho más dinero chalaneando en mangas de camisa en un restaurante de lujo, o apalabrando operaciones por el teléfono del coche. Basta con ser un concejal bien situado, un subsecretario en lugar idóneo, un negociante avispado con recursos y contactos, un patán con influencias o con suerte. Antes, incluso los peores malvados soñaban con adquirir buenos modales. Los de ahora perpetran crímenes fáciles, demasiado vulgares, con escaso mérito y riesgo, y además del latrocinio nos obligan a soportar la grosería. Tal y como están las cosas, cualquier imbécil puede aspirar a canalla.

13 de noviembre de 1992

Artículos de Arturo Pérez-Reverte | Elegantes Criminales

viernes, 21 de septiembre de 2012

El Maestro Mingote | El inicio de curso

Curiosa ilustración la de esta semana, reflejando algunos de los cambios sociales que estamos experimentando últimamente. 

¿Os acordáis de cuando todo estaba en las enciclopedias? Hace 20 años, el Lectum Juvenil era lo más parecido a una conexión a internet.

¡Hasta la semana que viene!

Inicio de curso: Cambios sociales

domingo, 16 de septiembre de 2012

Mi semana en Applesencia | 10-16 de septiembre de 2012

Esta semana ha sido muy poco fructífera por motivos académicos. El trabajo de fin de máster me está taladrando los sesos, así que solamente he tenido tiempo para sacar un artículo, el de la sección Apple Vintage.

Hasta el domingo que viene. Resumen y enlace al original:



Servidor Apple Network Server 500/132
  • Apple Vintage | Apple Network Server 500/132

Una semana más , y ya van cuatro, os damos la bienvenida a la sección Apple Vintage, en la que os contamos la historia de Apple. En esta ocasión, vamos a analizar uno de los dispositivos más desconocidos fabricados en Cupertino: el servidor Apple Network Server 500/132, una joya en prestaciones teniendo en cuenta que se lanzó a finales de los años 90. Al igual que pasó con muchos de los dispositivos de Apple durante esos años, su presencia en el mercado fue casi nula , ya que pronto se tuvo que retirar debido a su pobre nivel de ventas. A continuación os ofrecemos un detallado análisis. Leer más...

Tío Pencho | Semana 10-16 de septiembre

Vaya una semana de inauguraciones que llevamos. Como siga así me van a faltar días para  sacar todas las secciones que tengo en mente.

La nueva sección dominical va dedicada al Tío Pencho, nuestro particular Don Quijote murciano. En ella publicaré las viñetas del Tío Pencho que hayan aparecido en La Verdad durante la semana.

El Tío Pencho fue creado por MAN, seudónimo del melillense afincado en Murcia Manuel Sánchez Baena. MAN es dibujante, médico cardiólogo y apasionado de la idiosincrasia y el folklore de la Región de Murcia.

Desde el año 1971, las viñetas de MAN aparecen diariamente en el periódico murciano La Verdad, con el Tío Pencho como protagonista, haciendo referencia a temas de actualidad mediante el particular dialecto murciano, el panocho, que emplea para transmitir sus inquietudes con respecto a lo que le rodea.  A pesar de su analfabetismo, el Tío Pencho está muy enterado de todo. Es algo cascarrabias, criticón, muy campechano y, sobre todo, dice lo que piensa.

Son muchos los personajes que acompañan al Tío Pencho en las viñetas de MAN. Los más destacables son Josefa, su mujer; su inseparable Pifanio, a modo de Sancho Panza; Lucero, su burro; el Perete, paisano que vive en el extranjero y vuelve al pueblo en el verano y el Tío Facorro, el más anciano del pueblo.

Personalmente, el hecho de que lea La Verdad cada día se debe a la viñeta del Tío Pencho. Esperemos que nos quede MAN para rato.

Las viñetas de esta semana:

Lunes 10 de septiembre


Martes 11 de septiembre


Miércoles 12 de septiembre


Jueves 13 de septiembre


Viernes 14 de septiembre


Sábado 15 de septiembre


Domingo 16 de septiembre


El próximo domingo la nueva entrega.

Imágenes: Humor Gráfico | El Tío Pencho