viernes, 14 de septiembre de 2012

El Maestro Mingote | La Cursilería

Inauguramos otra nueva sección en El Refugio Interior. Dedicada al Maestro Antonio Mingote, en ella se seleccionará semanalmente una de las ilustraciones del genial dibujante que tenga que ver con la actualidad sociopolítica de la semana en cuestión o que, simplemente, me llame la atención por cualquier motivo.

Antonio Mingote fue conocido principalmente por su obra como dibujante en el diario ABC, medio en el que publicaría artículos diariamente desde que empezara allá por el año 1953 hasta su muerte, el pasado tres de abril. Se fue cuando más falta nos hacía su irónica y mordaz visión de los desmanes a los que estamos sometidos en los últimos tiempos, dejando un sello único e irrepetible gracias a su particular visión de la sociedad.

Además de su faceta como dibujante, Mingote fue escritor, periodista y académico de la lengua, ocupando el sillón R que, actualmente, sigue a la espera de nuevo inquilino. Casi nada.

Personalmente, la obra gráfica de Mingote siempre me ha fascinado. Destacaría su particular visión del género humano, del que es capaz de captar los comportamientos más ruines y vergonzosos a la par que los más audaces y críticos, reflejándolos a la perfección en sus ilustraciones. El periodismo gráfico siempre estará en deuda con él. En paz descanse. 

La ilustración de hoy, en su momento dedicada al movimiento 15-M, valdría para describir los vergonzosos acontecimientos ocurridos en la Comunidad Autónoma de Cataluña durante esta semana, convirtiendo la tradicional fiesta de la Diada en un bochornoso espectáculo para regocijo del nacionalismo catalán más radical e intolerante. Con la unidad de España no se juega, señores.

-Ilustración publicada en el diario ABC el martes 21 de junio de 2011-


lunes, 10 de septiembre de 2012

Artículos de Don Arturo | El viejo amigo Haddock

Esta semana va de inauguraciones. Si anoche le tocaba el turno a la sección "Mi Semana en Applesencia", hoy le toca el turno a "Artículos de Don Arturo", sección en la que, semanalmente, escogeré un artículo de Arturo Pérez-Reverte que, por cualquier razón, ya sea vital, ideológica o, simplemente, porque me apetezca, sea relevante para mí y quiera compartirlo. 

La idea ha surgido gracias al blog de Miguel Muñoz, "Artículos de Arturo Pérez-Reverte", al que estoy suscrito y en el que Miguel publica asiduamente artículos del genial reportero de guerra y escritor cartagenero.

El artículo de Don Arturo sobre el Capitán Haddock que Miguel ha publicado hoy en su blog me ha hecho transportarme durante un rato a mi niñez y recordar, por unos momentos, lo estupenda que fue. Ha sido reconfortante recordar aquellos momentos inolvidables en los que cogía los cómics de Hergé y disfrutaba de sus historias, quedándome absorto leyendo las aventuras de Tintín, Milú y el Capitán Haddock, personajes que, en cierto modo, han marcado mi vida, mi forma de ser y entender el mundo que me rodea. Parece que, con el paso de los años, uno siempre encuentra semejanzas entre las experiencias por las que ha ido pasando a lo largo de su vida y las experiencias que ha tenido, sobre todo, a lo largo de su infancia.

Justo debajo, el artículo que tan buen rato me ha hecho pasar esta tarde y que ha conseguido rescatar de mi mala memoria recuerdos maravillosos a la vez que profundas reflexiones.

El viejo amigo Haddock
Siempre he dicho que, en un incendio, salvaría a Mordaunt, mi perro, y la colección completa de las aventuras de Tintín: todos los volúmenes en su antiguo formato, con tapa dura y lomos de tela. Alguno de los más viejos aún tiene pegada la etiqueta con su precio original: 60 pesetas. Caían en mis manos dos o tres veces al año –juntaba cien pesetas el día de mi santo y cincuenta cada cumpleaños–, cuando, sonándome las monedas en el bolsillo de los pantalones cortos, me paraba ante el mostrador de madera donde el librero, el señor Escarabajal, me mostraba los ejemplares para que eligiese uno, antes de salir a la calle con él en las manos, aspirando el olor maravilloso a buen papel y a tinta fresca que, desde aquellos primeros años –editorial Juventud, Mateu, Bruguera, Molino–, asocié siempre con el viaje y la aventura. Y viceversa: más tarde, cuando aterrizaba en lugares lejanos o desembarcaba en puertos exóticos, a menudo los vinculé con aquel olor a papel y aquellas páginas. No es extraño, después de todo, que para un reportero tintinófilo contumaz, el primer viaje profesional fuese al País del Oro Negro, y que la primera vez que puse pie en los Balcanes, el pensamiento inicial fuese que había llegado, por fin, a Syldavia. 


Aún los hojeo de vez en cuando, sobre todo mi favorito: Stock de coque. Me gusta mucho ese volumen porque lo considero el más equilibrado y perfecto, pero sobre todo porque su protagonista principal es el mar, y porque además de Piotr Pst –ametrallador con babero– y viejos amigos como el general Alcázar, Abdallah, Muller, el malvado Rastapopoulos y el comerciante Oliveira de Figueira, aparece todo el tiempo el capitán Haddock. Y les juro a ustedes que una de las razones por las que me eché una mochila a la espalda y puse un pie delante del otro, fue porque iba en busca de un amigo como ése. Porque quería conocer al Haddock que la vida podía tenerme destinado en alguna parte. 


Lo encontré, desde luego. Varias veces tuve ese privilegio. Unos se le parecieron mucho y otros menos. Unos siguen vivos y otros no. Unos le pegaban al Loch Lomond y otros manejaban con soltura los epítetos de sajú, vendedor de alfombras, paranoico e imbécil. Cada cual tuvo su registro. Pero en todos ellos, en cada compañero fiel que la vida me deparó en mi juventud, cada vez que alguien estuvo junto a mí, hombro con hombro, cuando un avión Mosquito del Jemed viraba sobre la popa de un sambuk para ametrallarnos en el mar Rojo –¡cuántas veces no me sentí dentro de esa viñeta inolvidable!–, pude reconocer al marino gruñón y barbudo que acompañó tantas horas felices y tantos sueños de mi infancia, desde el día decisivo y magnífico en que lo conocí a bordo del Karaboudjan, buscando luego el aerolito misterioso en el puente del navío polar Aurora, acompañándolo después –o quizá me acompañó él a mí– tras el rastro del Unicornio al mando del Sirius de su amigo el capitán Chester, esquivando en otra ocasión los torpedos del submarino pirata, marcha adelante y marcha atrás, con el telégrafo de órdenes del Ramona, o repeinado con raya en medio y uniforme de gala en la sala de marina del castillo de Moulinsart, allí donde Bianca Castafiore –el ruiseñor milanés– estuvo a pique de llevárselo al huerto, según reportaje de Paris Flash, con fotos de Walter Rizotto y texto de Jean-Loup de la Battelerie. 


El otro día ocurrió algo extraño. Recibí una carta de un joven lector, asegurando que a veces, en algunos de estos artículos, cuando despotrico sobre zuavos, bachibuzuks y coloquintos, le recuerdo al capitán Haddock. Con barba y todo, añadía el amigo. Y me dejó pensando. Después fui a la biblioteca, saqué Stock de coque y lo hojeé un rato. Dios mío, pensé de pronto. El capitán, al que siempre vi como un hombre mayor, viejo y curtido por el mar y la vida, ya es más joven que yo. Él sigue ahí, en los libros de Tintín, sin envejecer nunca, con su barba y su pelo negros, su gorra y su jersey de cuello vuelto con el ancla en el pecho; mientras que la imagen que me devuelve el espejo, la mía, tiene más arrugas, y canas en el pelo y en la barba. Canas que Archibald Haddock, capitán de la marina mercante, no tendrá jamás. Soy yo quien envejece, no él. Ya no soy Tintín, ni volveré a serlo nunca. Soy yo quien ha pasado, con el tiempo, al otro lado de las viñetas que acompañaban mi infancia. Y mientras devuelvo el álbum a su estantería, me sube a la garganta una risa desesperada y melancólica. Mil millones de mil naufragios. 


Publicado originalmente el 10 de octubre de 2005 en la revista El Semanal.

Artículos de Arturo Pérez-Reverte | El viejo amigo Haddock

Mi semana en Applesencia | 3-9 de septiembre de 2012


Esta semana inauguro sección en el blog: "Mi semana en Applesencia". Para quien no lo sepa, escribo en una página relacionada con Apple, llamada Applesencia, en la que suelo publicar varios artículos semanales. La idea es sacar un post cada domingo con los artículos que haya publicado durante la semana en Applesencia. Os recomiendo que visitéis la página diariamente si queréis estar al día de todo lo relacionado con Apple, Mac y dispositivos como iPhone, iPad o iPod. 

Esta semana la actividad ha sido escasa por motivos académicos y solamente he podido escribir tres artículos. Con el que más he disfrutado ha sido con "Quartet, la nueva interfaz de audio de Apogee para Mac". 

Además, inaugurábamos sección en Applesencia: "X razones por las que...", con el artículo "5 razones por las que Mac es mejor que Windows, y viceversa". 

Finalmente, en la sección Apple Vintage le tocaba el turno esta semana a la disquetera Unifile Twiggy Drive. 

Abajo encontraréis un pequeño resumen de cada artículo y su enlace correspondiente: 
  • Quartet, la nueva interfaz de audio de Apogee para Mac
El mundo de la música digital está de enhorabuena. Apogee, compañía especializada en la fabricación de hardware para la grabación de música, ha lanzado un nuevo producto, Apogee Quartet, un dispositvo externo de grabación de audio diseñado específicamente para los usuarios de Mac que buscan grabaciones de calidad profesional. Su diseño y prestaciones son sencillamente excepcionales y, a buen seguro, harán las delicias de cualquier aficionado o profesional de la música que busque un dispositivo fiable para conectar sus instrumentos musicales, registrando grabaciones con una calidad de sonido sobresaliente. Leer más...

  • Apple Vintage | Unifile Twiggy Drive
Bienvenidos una semana más a Apple Vintage, sección cuyo principal objetivo es poner al alcance de todos vosotros los distintos productos que Apple ha ido lanzando a lo largo de su historia para que así comprendamos mejor cómo Apple ha llegado a convertirse en lo que es en la actualidad. Hoy vamos a hablar de prototipos y nos vamos a centrar en Unifile Twiggy Drive, lector de disquettes propios que Apple desarrolló a principios de los 80 y que tuvo que cancelar antes de su lanzamiento, suponiendo un gran fiasco dada la gran inversión que se realizó en este dispositivo. Leer más...

  • Cinco razones por las que Mac es mejor que Windows, y viceversa

Hoy es un día especial en Applesencia. Inauguramos sección: X razones por las que… Cada lunes, publicaremos un post en el que expresaremos nuestra opinión mediante una serie de razones por las que pensamos que, por ejemplo, un producto es mejor que otro o que un sistema operativo es mejor que otro. Nuestra intención es actuar de una manera compensada, ya que esgrimiremos razones para defender a ambos elementos comparados. Bienvenidos a X razones por las que… Leer más...



Esto ha sido todo por esta semana en la sección "Mi semana en Applesencia", espero que os haya gustado. Hasta el domingo que viene.

lunes, 27 de agosto de 2012

Redescubriendo a Rainbow

¡Qué Gustazo!

Los que somos aficionados a escuchar música (lo que para los guays es ser melómano), escuchamos ingentes cantidades de discos, unos mejores y otros peores. Si, además, tus gustos son bastante eclécticos (otra palabra de guay) como los míos, puedes encontrar en tu fonoteca desde discos de solistas como Raphael o Richard Hawley hasta desafíos para los oídos como Slayer o Angelus Apatrida. 

La búsqueda constante de nuevos grupos o el hecho de meterse de lleno en una determinada época o estilo musical es una de las cosas que me apasionan: ahora vamos a por los protopunks de los 70, ahora a por los grunges de finales de los 80 y principios de los 90 y, así, un largo etcétera. De todas maneras, este tema ya lo trataré en algún post cuando me encuentre en pleno proceso de inmersión en un estilo o época y todo lo demás me parezca una basura (me suele pasar a menudo). 

Pero lo que quiero contar es lo que me ha pasado este fin de semana, algo que seguro que todo aficionado a escuchar música ha experimentado alguna vez. Y es una de las sensaciones, musicalmente hablando, más placenteras que hay. Hablo del redescubriminento de discos que, por cualquier motivo, hace tiempo que no se escuchan o simplemente están aparcados porque en su momento se desgranaron (o se pensaba que se habían desgranado) y exprimieron al máximo. 

Pues bien, a veces uno se topa con uno de esos discos y, sin saber bien el porqué, lo vuelve a escuchar. Mientras la agujita va pasando por encima del preciado vinilo, se le empieza a prestar más y más atención, hasta que uno se queda totalmente hipnotizado, sumergido entre los surcos de ese plástico negro que tantos buenos ratos le ha hecho pasar tiempo atrás, recordando momentos asociados a la época del descubrimiento del disco en cuestión y, lo mejor, redescubriendo ritmos, sonidos. Ambientes que anteriormente se habían pasado por alto.  Para mí esa sensación no se paga con nada. Sientes un cosquilleo y una sensación de placer que hace que estés tan metido en la música que, por unos momentos, parece que no existe nada más que el disco y tú. Todo lo demás desaparece. 

El disco en cuestión (eso es lo de menos) es el primer disco de Rainbow, grupo formado, principalmente, por Ritchie Blackmore y Dio, y que supuso la explosión definitiva de este último, convirtiéndose en una de "Las Voces" por excelencia del Hard Rock. 

Desde que empieza el disco con Man On The Silver Mountain, hasta que termina con Still I'm Sad, uno se sumerge en una auténtica experiencia musical que le hace olvidarse durante un rato de lo jodida que está la cosa. Aunque el disco mantiene un nivel excelente a lo largo de sus, aproximadamente, cuarenta minutos de duración, destacaría canciones como la ya mencionada Man On The Silver Mountain, Snake Charmer, o Temple of the King. Pero, insisto, el disco no tiene desperdicio. Os dejo la canción Temple of the King subtitulada.


Soft and warm
She'll touch my face
A bed of straw
Against the lace

(Catch the Rainbow | 1975 | Ritchie Blackmore's Rainbow)


martes, 21 de agosto de 2012

Los Vicios del Rock

El pasado fin de semana asistí a una de las citas, para mí, imprescindibles cada verano. Hablo del festival Leyendas del Rock, celebrado este año los días 17 y 18 de agosto en la localidad murciana de Beniel. 

El festival, cuya primera edición tuvo lugar en el verano de 2006, recupera la esencia del  extinto festival MazaRock, celebrado en Mazarrón desde el año 1983 hasta 1985, dando cabida en su cartel a los grupos más influyentes del panorama Heavy  español.

En la jornada del viernes, de entre las cosas que recuerdo, me llama especialmente la atención una conversación que tuve con mi amigo Antonio "el Calvo" mientras estábamos viendo a Oker, uno de los grupos noveles más destacables de la escena Heavy española. Durante el concierto, la cantante de Oker no paraba de animar al público que, bajo un sol de justicia,  aguantaba como podía el calor sofocante de las cinco de la tarde. De entre sus arengas, destaco el ¡Vamos Joder!, que insistentemente repetía para animar a los numerosos seguidores que presenciaban el concierto a pleno sol. 

Lo curioso es que, cada vez que pronunciaba la frase, la chiquilla parecía reafirmarse más en su condición de jevimetalera, lo que me llevó a plantearme si la palabra "joder" es Patrimonio Cultural del Heavy Metal. Porque parece ser que si no dices "joder" ni "jodido" no eres ni Heavy ni Rocker. 

Después de tal planteamiento, la conversación derivó hacia la estética de la banda, muy poco cuidada. La cantante de Oker es guapa y tiene un buen cuerpo, pero el aspecto estético es algo a lo que, a mi entender, debe prestar más atención. Y es que parece que, si quieres ser Heavy, has de llevar unas medias de rejilla rotas por las rodillas que para nada te favorecen, poniendo de manifiesto otro más de los mal entendidos clichés del Rock. 

En cuanto al resto de la banda, más de lo mismo, estética Heavy mal entendida. Y es una lástima porque, musicalmente hablando, tienen un gran potencial. Se diga lo que se diga, la estética importa. Como ejemplo, la estética de Judas Priest, que puede gustar más o menos pero se nota que está cuidada hasta el extremo. Especialmente en Rob Halford, que con sus cueros y tachuelas nos cautivó en los ochenta. O qué decir de Lemmy, el alma de Motörhead, cuya estética es demoledora. 

En resumidas cuentas, una gran banda tiene que ir acompañada de una gran estética, porque se puede ser igual de Heavy con unos elegantes pantalones de piel y unas botas, o incluso con unos pantalones vaqueros. Y en el tema de las arengas, no hace falta gritar constantemente "¡Joder!", ni terminar cada frase pronunciada entre canción y canción con un grito. En mi opinión, este tipo de clichés no favorecen para nada a las bandas, ya no estamos en los felices anos ochenta. Hay que evolucionar, innovar y no tener miedo a ser menos jevi si no entras en unas determinadas actitudes que no hacen otra cosa que  limitar y perjudicar a la creatividad.

¡SÍ AL ROCK, NO A LOS CLICHÉS!

jueves, 16 de agosto de 2012

Elvis: 35 aniversario de la muerte de El Rey


The Black Keys

De cuando en cuando se descubren nuevas bandas que se vuelven imprescindibles en tu colección musical. Y es precisamente lo que me pasó hace algo más de un año con The Black Keys. Si anteriormente fueron los americanos Band of Horses, la última gran banda que ha dado el "grungero" estado de Seattle, y a la que mi colega el Chapi les dedicaba una reseña en su momento, ahora les toca el turno a The Black Keys. 

The Black Keys es un dúo de Ohio compuesto por Dan Auerbach (guitarra y voz) y Patrick Carney (batería). Aunque los etiquetan como combo de blues rock, su música va mucho más allá, combinando teclados indie, algo de pop e incluso algunos elementos del sonido motown más exquisito (escuchad su canción Stop Stop para comprobarlo).

No recuerdo exactamente cómo los descubrí, quizá a través de alguna de las páginas musicales a las que estoy suscrito, el caso es que desde que lo hice vuelvo una y otra vez a su música de una manera casi enfermiza. 

En sus primeros discos los dos únicos instrumentos que utilizan son guitarra y batería, estilo  White Stripes, aunque posteriormente van añadiendo más matices a sus nuevos lanzamientos. Curiosamente, son ellos mismos los encargados de grabar todos los instrumentos y sonidos de los discos, lo que los hace particularmente interesantes (durante las giras, lógicamente, les acompañan varios músicos). 

En cuanto al sonido de los discos, maravilloso. Utilizan equipos analógicos de grabación de los años 70 y 80, grabando sesiones prácticamente en directo que luego mezclan y producen ellos mismos, lo que les da ese punto de frescura y naturalidad muy poco común en los discos actuales, echados a perder por culpa de Pro Tools.

Pero lo que más destaca de este dúo es la calidad, variedad y originalidad de las canciones, lo que les hace diferenciarse del resto de grupos de la escena actual, cuyo principal error es estar muy atados a determinados clichés inamovibles y a repetir ciertos patrones, de forma que no evolucionan musicalmente. Y claro, después de dos discos desaparecen. 

De su discografía destacaría el último disco, El Camino, con temas como Lonely Boy, Gold on the Ceiling o Little Black Submarines, por citar unos pocos, aunque ninguno de los demás tengan desperdicio. El disco que le precede, Brothers, es también muy completo, aunque no llega a la altura de éste último. Con respecto a los discos anteriores, The Big Come Up, su álbum de debut de 2002, es otro trabajo a tener muy en cuenta. 

Os dejo el vídeo de la canción Lonely Boy, que es buenísimo y parece grabado en una sola toma (los coros se salen y el negro también). Si queréis ampliar información y conocer  más sobre este dúo, pinchad aquí